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Unión Europea
Ciudadanía
Democracia

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La democracia no necesita vasallos que esperan del señor que les resuelva sus problemas, sino ciudadanos que exigen a los poderes públicos que respeten sus derechos.

 

 

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I. Ciudadanos de la Unión

Desde el 1 de noviembre de 1993, fecha de la entrada en vigor del Tratado de Maastricht, todos los ciudadanos de los Estados miembros de la Unión Europea somos, además, ciudadanos de la Unión.

En efecto, el artículo 8 de dicho Tratado dispone: «Se crea una ciudadanía de la Unión. Será ciudadano de la Unión el que ostente la nacionalidad de un estado miembro».

Podría decirse que, esta formulación es técnicamente imperfecta. En efecto, como bien ha observado en su día el profesor Pérez Serrano han de distinguirse, a su vez, nacionales y ciudadanos, entendiendo por estos últimos a aquellos naturales del país que tienen la capacidad política legalmente reconocida para intervenir en la cosa pública [1].

Parece evidente que el Tratado de Maastricht, no quiso extender la ciudadanía a todos los nacionales de los Estados miembros sino solo a los que ya gozasen de capacidad política legalmente reconocida, y, de hecho, la aplicación del Tratado no ha suscitado dudas al respecto.

Sin embargo el Tratado de Lisboa (Art. 20 del Tratado de Funcionamiento de la U.E.) mantiene esa redacción con el añadido del Tratado de Ámsterdam: «La ciudadanía de la Unión se añade a la ciudadanía nacional, sin sustituirla».

En Europa esa vivencia frente a enemigos comunes no la hemos tenido como conjunto, porque el conjunto se ha creado precisamente para acabar con los enfrentamientos particulares. Solo ahora empezamos a ver peligros comunes para todos y, en relación con esos peligros y con nuestro propio desarrollo, intereses distintos en otras partes del mundo. Nuestro patriotismo europeo apenas se manifiesta aún y el ejercicio de nuestros derechos de ciudadanos europeos aun resulta más tibio y menos activo que el de ciudadanos nacionales, y ya es decir.

Eppur si muove. Como diría GALILEO la inercia del tiempo histórico que nos ha tocado vivir va empujando la integración de nuestras realidades nacionales en una Unión Europea de la que, sin casi darnos cuenta, nos hemos hecho ciudadanos.

Notas:

[1] PÉREZ SERRANO, Nicolás (1976), Tratado de Derecho Político, Civitas, Madrid, p. 115.

[2] Tratado de Derecho Constitucional (1924), E. de Boccard, París, vol. 4, p. 1.

[3] Librería General de Victoriano Suárez, 1ª edición, Madrid, traducción de Adolfo Posada, Tomo I.

[4] GIL-ROBLES, José María et. al. (1993), Los Derechos del Europeo, CYAN, Madrid, p. 5.

[5] GIL-ROBLES, José María et. al. (1993), Los Derechos del Europeo, CYAN, Madrid, pp. 9 y 10.

[6] TJUE, De Geus en Uitdenbogerd/Bosch y otros, 6 de abril de 1962 (C-13/61, Rec. 1962, p. 152).

[7] MOLINA DEL POZO, Carlos Francisco (2015), Tratado de Derecho de la Unión Europea, Juruá, Lisboa, Vol. I, pp. 307 a 317.