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Carlos F. Molina del Pozo

Cátedratico Jean Monnet de Derecho Comunitario | Cátedratico de Derecho Administrativo
Universidad de Alcalá

España

Tiempos convulsos y revueltos los que vivimos, y sí, nos afectan, pues claro que nos afectan. Estamos inmersos en un mundo globalizado en el que cualquier pequeña cuestión va a tocarnos de lleno en nuestra pacífica y serena vida diaria. Nuestra sociedad se encuentra interconexionada en la mayor parte de sus normales manifestaciones y se mueve hasta sus cimientos ante la comisión de determinadas actuaciones, sea cual sea el escenario geográfico donde se produzcan. Por ello, puede afirmarse que, el impacto de ciertos desaguisados en la ciudadanía provoca no sólo rechazos más o menos amplios, sino también la desconfianza generalizada en la clase política dirigente así como, en ocasiones, el desprecio y la marginación de las mismas ideas en gran parte de la población.

Nos llegamos a preguntar el sentido que tienen los partidos políticos tal y como actualmente se hallan configurados, cuál sea su valor como instrumentos para practicar la democracia en el mundo, cómo debieran actuar para lograr sus fines y objetivos, de qué forma debieran replantearse su actividad futura a la luz de los acontecimientos que se producen en nuestra sociedad. En efecto, los partidos políticos, sobre todo a nivel europeo, han de reflexionar acerca de su deambular futuro, precisamente instalados en un mundo globalizado como el actual, y en donde tienen la necesidad de servir como instrumentos para la implementación de la democracia y como vehículo idóneo que posibilite la participación de los ciudadanos en la política activa.

En otro orden de cosas, también podemos afirmar que, en el contexto de nuestra organización supranacional, la Unión Europea, los acontecimientos se amontonan y a penas queda tiempo para pensar con la debida serenidad cómo dar solución a los problemas que surgen o impulsar acertadamente las diferentes cuestiones que se vienen suscitando en el desarrollo diario de las propias instituciones, órganos y organismos de la Unión.

El ciudadano europeo, en ocasiones, no puede dar crédito a cuanto sucede a su alrededor. Se detecta una ausencia casi absoluta de liderazgo político; las controversias internas producidas en ciertos países tampoco favorecen la construcción europea; las actitudes impulsadas por parte de determinados Estados tampoco favorecen el avance en la integración; los personalismos excesivos o populismos, unidos a ciertos exacerbados nacionalismos no conducen más que al pasado y nunca a la imprescindible apertura hacia adelante de los pueblos y de las culturas.

Si a semejantes manifestaciones como las descritas, unimos el entorno internacional -nada optimista, por cierto – el resultado es fácil de adivinar (E.E.U.U., China, Corea del Norte, Siria, Rusia, Venezuela, Turquía, ISIS, etc.).