| EDITORIAL

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N.° 4 (Octube-Diciembre de 2017)
Diciembre de 2017
3-4

Carlos F. Molina del Pozo

Cátedratico Jean Monnet de Derecho Comunitario | Cátedratico de Derecho Administrativo
Universidad de Alcalá

España

Uno de los problemas que, de manera unánime, se ha venido señalando como causa de la actual crisis, por la que – como siempre – transita la construcción europea, consistía en afirmar que, así como en el Tratado de Maastricht se fijó el gran objetivo de poner en marcha una unión económica y monetaria, pareciera como que todos los esfuerzos se hubiesen concentrado en realizar la unión monetaria, la cual tuvo lugar con la incorporación del euro como moneda única a la vida común de cada vez más Estados miembros de la Unión, pero olvidándose que, para actuar una unión monetaria eficiente y eficaz, se hacía preciso, al parecer, con carácter previo, formalizar e instalar en el conjunto de los Estados que componían la unión monetaria, una unión económica completa, con la adopción de toda una serie de medidas y políticas concretas capaces de impulsar y asegurar el establecimiento de la mencionada unión económica. Entre las necesidades apuntadas se encontraban, tradicionalmente, la creación y desarrollo de una unión bancaria, también de una fiscalidad única en toda la Unión Europea, así como toda una panoplia de lineamientos de tipo institucional que sirviesen para adecuar la ansiada unión económica a los criterios y fines que conforman la consabida y existente unión monetaria, apoyando, en todo momento, el mantenimiento y valoración precisa y correcta de la moneda adoptada, el euro.

Pues bien, esto es lo que, precisamente, se viene impulsando en el contexto de la Unión Europea a lo largo de los últimos meses, llegándose, en gran medida, a activar todo un conjunto amplio de normas y demás disposiciones que hagan posible que la unión económica se instale definitivamente en el ámbito de la Unión Europea, respaldando sin temores a la ya hace años instaurada unión monetaria, con el funcionamiento de una moneda única, el euro, capaz no solo de convertirse, sino también de mantenerse, como una moneda patrón en Europa y refugio a nivel internacional, jugando en el mismo terreno que el dólar americano en los mercados monetarios internacionales. Así, ahora resultará más fácil que, todo cuanto decimos, sea una realidad más afianzada.

En efecto, a los movimientos para la instalación, en el seno de la Unión Europea, de una fiscalidad única y de una unión bancaria (previsto, en principio, su funcionamiento completo para el año 2026), que se vienen constatando desde hace meses atrás, recientemente, la Comisión Europea, por boca de su Presidente en el discurso ofrecido sobre el estado de la Unión, ha lanzado la propuesta de introducción de ciertos aspectos institucionales que, en nuestra opinión, servirán para cubrir las necesidades jurídicas y políticas que completen esa imprescindible unión económica.

Las referidas novedades institucionales en el ámbito señalado, consisten en la creación de un órgano de soporte económico y monetario, el Fondo Monetario Europeo, similar a lo que en la actualidad es y representa a nivel mundial el Fondo Monetario Internacional, que tendría como objetivo dispensar su atención – a nivel de la Unión Europea – a todo el desarrollo de la política económica y monetaria que se produce en su interior, garantizando la estabilidad de los Estados y también de la Banca de cada uno de ellos, respaldando definitivamente a la moneda única en todos los países que conforman el espacio del denominado Eurogrupo. A la perspectiva amplia que se prevé para el funcionamiento del organismo que se crea en la Unión, así como para lograr el cumplimiento de todos sus objetivos, la Comisión Europea crea y coloca al frente del mismo a lo que podría entenderse como un equivalente al Ministro de Economía y Finanzas de la Unión Europea, el cual será, al mismo tiempo, uno de los Vicepresidentes de la Comisión, algo que, en la actualidad, ya sucede con la figura del Alto Representante de la Unión para la Política Exterior y de Seguridad Común (PESC), que viene a ser en la práctica, nuestro Ministro de Asuntos Exteriores en el conjunto de la Unión Europea.

Con la creación del mencionado organismo, el Fondo Monetario Europeo (FME) y del Ministro de Economía y Finanzas de la Unión Europea, lo que se persigue, claramente, es el objetivo de alcanzar un mayor grado de integración, en suma, lograr más Europa. El Ministro de Economía y Finanzas que se designe debiera convertirse en el valedor y gestor que necesitan el euro y, en general, el conjunto de la economía de la Unión Europea.

En este mismo sentido, conviene reseñar cúales son las funciones que se asignarán al nuevo Ministro de Economía y Finanzas de la Unión Europea. Éstas serían, además de ocupar unas de las Vicepresidencias de la Comisión Europea – como ya indicábamos anteriormente -, presidir el Eurogrupo y supervisar los trabajos del nuevo Fondo Monetario Europeo, las siguientes: 1) servir al interés general de la economía de la Unión Europea/zona del Euro y representarla a nivel mundial; 2) reforzar la coordinación de las políticas y supervisar las normas económicas, fiscales y financieras; 3) pronunciarse sobre la política fiscal más adecuada para la zona del euro en apoyo de la política monetaria del Banco Central Europeo; y 4) supervisar el uso de los instrumentos presupuestarios de la Unión Europea/zona del Euro, incluido el apoyo a las reformas, una función de estabilización (zona del euro) y un instrumento de convergencia (fuera de la zona del euro).

En definitiva, como ya tuvimos ocasión de señalar con anterioridad, de lo que se trata es de culminar la importante tarea ideada en los años finales de la década de los 80 y que cristalizara en el Tratado de la Unión Europea de Maastricht, en el año 1992, de crear e instalar una unión económica y monetaria, así como una unión política en el seno de la Unión Europea y en tanto que fases que se intentan procurar en el desarrollo continuo que supone la construcción del proceso integrador en nuestro viejo Continente. En consecuencia, se sigue construyendo, se continúan poniendo elementos básicos y positivos que hagan posible y sirvan para avanzar en el marco de una mayor y más amplia convivencia en paz de los ciudadanos europeos, idea ésta que a nadie parece disturbar y molestar sino, más bien, lo contrario, puesto que redunda exclusivamente en beneficio de un más eficiente estado de bienestar en la ciudadanía que componen los diferentes Pueblos de Europa.